Thursday, 27 June 2013

Moda infantil a tres bandas

Cuando nació mi hija, ni a mi madre ni a mi suegra se les ocurrió que los niños de distintos países (como 'los mayores') vestían de maneras diferentes. Por supuesto que tampoco se le pasó por la imaginación que los estilos de vida son tan diferentes que lo que puede resultar útil en un lugar, no vale para nada en otro. Y mucho menos se les ocurrió, y sigue sin entrarles en la mollera, que cada lugar tiene sus manías en cuanto a lo que es o no es razonable hacer con un recién nacido... pero esa es otra historia. La cosa hoy va de 'moda'.

Mi madre, a espaldas mías, puso lana a la aguja e hilo a la tela, y se debió de pasar los últimos seis meses de mi primer embarazo dale que dale a la confección. De su maleta salió un ajuar completo de bebé: baberos ilustres e ilustrísimos, más pares de patucos que zapatos tenía Imelda Marcos, más faldones que trajes de gitana se lucen en la feria de abril, jerseys de todos los modelos (con lazos de seda pasados por presillas porque se temía que de otro modo los cortaríamos en vez de quitarlos solamente; qué razón tenía), más gorros que sombreros en Ascot, toallas, toquillas, arrullos y un casi infinito etcétera de cosas necesarias para transformar a la niña en un bebé a la española (versión años 70).

A mi marido casi le dió un aire cuando vió tantos metros de lazo de seda juntos, aunque alabó la cuidadosa manufactura. Examinó todo con detalle y dijo, con todo algo resignado a la par que agradecido, que por lo menos nos ahorraríamos un pastón en ropa (la vena alemana siempre presente).

A mi suegra, por su parte, no se le ocurrió comprar nada, aunque a los pocos meses, cuando por fin hizo acto de presencia, nos preguntó que si nos traía la ropa de nuestra sobrina. Mi marido, aunque harto de lazos, le dijo que gracias pero que no. Luego me explicó que la niña había ido exclusivamente de amarillo pollo y rojo pasión y que toda su ropa estaba cuajada de patitos, ositos, gnomos y demás figuritas monas. Entre vestir a la niña de piqué en plan retro o cubrirla con modelos ochenteros en poliéster brillante y que la niña pareciera un amago de bandera española recubierta de pitufos, mi marido dijo que optaba por la versión hispana. Cuando después tuve oportunidad de ver algunos de los modelitos teutones, di gracias al cielo por el punto de abeja... que es un poco cursi, sí, pero desde mi humilde punto de vista preferible a los chándales de nailon cuajados de enanitos subidos en setas.

Lo mejor fue cuando mi suegra vió a su nieta por primera vez, vestida de faldón. Iba basante normalita; no era un faldón de esos elaboradísimos, con tira bordada, puntilla y qué se yo, sino uno de piqué blanco mondo y lirondo, sin detalles. Pero a ella solo se le ocurrió pensar que la habíamos vestido con la ropa del bautizo para enseñársela. Cuando la saqué de su error y le abrí el armario de la criatura para mostrarle el faldón (hecho por una tía hace 50 años) que sí íbamos a utilizar para el bautizo, me miró como diciendo 'si-yo-ya-sabía-que-esta-nuera-mía-no-está-bien-del-tanque'.

En los dos años y casi medio que tiene la niña solo ha habido dos ocasiones en que las señora haya dicho que qué guapa que va la niña. La primera vez coincidió con un día de guardería en el que sabíamos que la cosa iba a ir de manualidades y que la cría iba a volver como un Pollock; llevaba lo más maltratado del armario y los colores se daban de tortas unos con otros. Por quedar el conjunto no quedaba ni 'gracioso' ni 'postmoderno'. Era, ni más ni menos, el equivalente infantil de lo que se puede poner uno para ir a una fiesta en un barrizal o para limpiar la parte de atrás de un establo. Según mi suegra, eso sí, la niña iba muy 'chic'. La segunda vez fue cuando la vio vestida con una camiseta con una especio de alfombra de oso de peluche pegado al pecho que ella misma le había comprado (su única contribución al ajuar de la criatura). La camiseta, al tener pelaje incorporado, resulta utilísima para invierno... aunque luego sea de tirantes. Ahí también iba muy 'chic'. 

Hasta ahí, las dos visiones opuestas de madre y suegra. Y qué hay de la nuestra? Pues hemos ido evolucionando. Nos gustan los lazos un pelín más que al principio pero sigue sin gustarnos el nailon arcoiris. El problema es que la mayoría de la ropa para niños en el Reino Unido es, bien espantosa, bien carísima (o las dos cosas) así que hemos empezado a tirar por las cosas más simples del espectro español: vestidos en A  que no tengan el pecho bordado por alguien que sufra de horror vacui, muchas rayas, algunos lunares, camisetas sin proclamas (huyendo del 'I love shopping/barbie', 'I'm so cute', 'Princess', 'Future Pop Star' que se ve por aquí) y pantalones sencillos (por qué esa tendencia a ponerles bolsillos en forma de corazón, rebordes de lentejuelas o botones de strass?). La niña va a la guardería diez horas diarias y, en un país donde la idea de la bata colegial es desconocida, vuelve con una buena costra de témpera, pegamento, tierra y el menú del día. No es raro que la cambien entera dos o tres veces así que casi tenemos que ir con la maleta por la mañana. Los fines de semana se los pasa en el parque o el jardín, rebozándose a base de bien. Si fuera como quiere mi madre, las puntillas le durarían veinte minutos como máximo y no haríamos otra cosa que lavar plumeti a mano. Si fuera como quisiera mi suegra, hace tiempo que habríamos ingresado a la niña con quemaduras de tercer grado (tanto correr y rebozarse por el suelo seguro que habrían hecho que el nailon prendiese). Al final va muy normalita, con ropa práctica y más o menos aceptable desde el punto de vista estético. Si pudiéramos y no nos pesase tanto la conciencia compraríamos cosas más a nuestro gusto, pero el presupuesto no da de sí y el ritmo de vida que lleva en la guardería tampoco lo justifica. Mi madre le compró varias batas colegiales para ver si eso permitía que la niña fuese menos 'disfrazada' a la guardería, pero ni a la niña le gusta ir 'cubierta' ni las cuidadoras pusieron buena cara. Aquí, lo de mancharse forma parte del modelo educativo: se supone que es lo que los niños tienen que hacer.

Al final, estamos descontentos (aunque en distinto grado) todos... menos la niña, a la que por ahora le parece bien casi todo y es feliz con tal de poder hacer lo que le dé la gana sin tener que preocuparse ni por los lazos ni porque le empeore el eczema con telas sintéticas.

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